La autoestima

Concepto

Buscando el factor común a las distintas conceptualizaciones que diversos autores hacen sobre este tema, concluimos que la autoestima constituye un estado de equilibrio y armonía entre lo que juzgo que soy y aquello que juzgo que quisiera ser.

Este estado de equilibrio es dinámico, esta siendo sometido a evaluación permanente, toda vez que llevamos a cabo una acción y simultáneamente juzgamos el resultado de dicha acción. Cuando el resultado corresponde a mi expectativa me digo que lo hice bien, que soy competente y me siento conforme conmigo mismo.

Como cualquier estado de equilibrio precario, la autoestima, entendida en estos términos, está sujeta a oscilaciones favorables o desfavorables las que, en la medida que se hacen reiteradas, se van fijando como un estado de ánimo de relativa permanencia.

Una experiencia reiterada de éxito me puede llevar desde una sólida autoestima hasta el narcisismo. Una experiencia reiterada de resultados inferiores a los esperados me puede llevar desde una baja autoestima a una noción de incapacidad permanente.

De acuerdo con la intensidad y la frecuencia de experiencias insatisfactorias en términos de discrepancias entre lo que esperaba que ocurriera y lo que ocurrió realmente, el juicio de incapacidad puede hacerse extensivo a todo mis ámbitos de acción en lugar de quedar circunscrito al ámbito específico en el que se produjo la acción que no tuvo el resultado esperado.

Así por ejemplo un mal resultado en una materia específica, por ejemplo las matemáticas, perfectamente atribuible a una metodología de enseñanza inadecuada, puede llevar a la persona a un juicio de incompetencia intelectual que abarca todos los ámbitos en los cuales la persona se desenvuelve, generándose así la noción de incapacidad, que en el plano emocional se va a manifestar como baja autoestima.

Factores determinantes de la autoestima

El factor de mayor incidencia en la construcción de la imagen personal, tiene que ver con la calidad de las relaciones del niño con sus figuras de apego. Los seres humanos, al igual que los primates superiores, nos reconocemos y nos valoramos en la interacción con las personas entre la cuales nos criamos y de las que  recibimos los primeros aprendizajes de lo que las cosas, son y de nuestra posición en el contexto social al cual pertenecemos.

Un niño criado en un contexto de acogida, contención, amor, que ha sido cuidado y acariciado y ha recibido múltiples señales de ser querido y aceptado, está en mejores condiciones emocionales de tener una buena imagen personal y por lo tanto, una autoestima sólida, que un niño criado en un contexto de abandono o frialdad afectiva. En el transcurso de su vida habrá muchas experiencias de fracasos, cuyo efecto será muy distinto si se integran en un trasfondo emocional positivo que en un trasfondo emocional en el que predomina la duda o simplemente la negación de su propio valor como persona.

En casos en los que una determinada condición física genera falta de destrezas específicas, es más fácil que la persona poseedora de este déficit desarrolle un juicio de incompetencia que se va a traducir en una baja autoestima, en la medida que se percibe a sí mismo como distinto y con cierto menoscabo en relación con sus pares. Y es posible que esa baja autoestima no esté referida a aspectos específicos, sino a toda su capacidad de acción en la vida.

Naturalmente los niños que no cuentan con una base emocional sólida proveniente de un soporte familiar contenedor, aceptador, apoyador y amoroso, serán más vulnerables a  generar juicios descalificatorios globales, a partir de incompetencias especificas. No cabe duda que un soporte familiar contenedor, es decir, proveniente de figuras de apego que asumen con naturalidad las incompetencias naturales de los niños,  sin transmitirles sus propias expectativas ni, menos aún, su propia sensación de fracaso, marcará la diferencia en el desarrollo de la autoestima del niño

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